jueves, 13 de mayo de 2010

JUAN, EL IMPRESCINDIBLE

Hace 23 años que Juan produjo el milagro. Los médicos le diagnosticaron un cáncer terminal. “Te quedan solamente tres meses de vida” le dijeron casi a modo de epitafio. Juan no desesperó. No es un hombre fácil de vencer. Tal vez lo ayudó la fe que atesoró con los curas de San Miguel cuando era boy scout y decía: “siempre listo”. Tal vez su monumental fuerza de voluntad y su optimismo a prueba de balas. Pero lo cierto es que ese maldito cáncer empezó a recular ante tantas ganas de vivir y un día se fue del cuerpo de Juan para nunca más volver. Todo era felicidad en la casa de Juan. Sus pacientes, las mascotas generaron un festival de ladridos y maullidos para celebrar la buena nueva de Juan, el veterinario. Su esposa María y sus hijos agradecían a Dios y María santísima. Juan se salvó de la muerte y cambió su vida. La dedicó a hacer el bien sin mirar a quien. Los científicos nunca se pudieron explicar que pasó dentro del cuerpo de Juan Carr que, para devolver tanta energía, fundó la Red Solidaria. Es una de las organizaciones de voluntarios más original, eficiente y sensible. Es absolutamente transparente porque nadie toca dinero. Se trata básicamente de acercar a dos personas que necesitan. Una que necesita dar y otra que necesita recibir. Es la génesis de la solidaridad: ayudar a los demás para ayudarse a si mismo. Creo profundamente en eso. Hacer el bien hace bien. El que ayuda se siente tan o mas contento que el ayudado. Justifica su paso por el mundo. Siembra afecto y cosecha felicidades. La Red Solidaria fue creciendo hasta convertirse en una referencia nacional admirada internacionalmente. Fue consiguiendo de todo. Sangre, ladrillos, comida, computadoras, semillas, abrazos, sillas de rueda, trabajos, ciudadanía, polenta y esperanza. Y la figura de Juan se hizo ícono. Edificó su propia credibilidad. Se hizo garantía de transparencia. En esta Argentina cruzada por la crispación y el agravio Juan da un ejemplo de convivencia. Hace 13 años, (! que viejos que estamos ¡), en una de estas columnas dije que Juan Carr era un héroe civil y un prócer de la historia cotidiana. Y se da tiempo para todo. Para dar clases en el colegio secundario, para juntar distintas religiones, para capacitar líderes sociales y para gambetear en un picado con los amigos que suele terminar con algún vinito compartido, como corresponde. Guarda con unción una carta que la Madre Teresa de Calcuta le mandó para felicitarlo por su obra. Siempre reparte sonrisas con su frase de cabecera: “Que siga la fiesta” y parece que no descansa nunca. Ricardo Darín contó en este programa el nuevo desafío que se impusieron. Le llaman la Torre del Hambre Cero en el marco del proyecto “Argentina abraza Argentina”, iniciativa que surgió producto del éxito que tuvo el festival destinado a ayudar a los hermanos chilenos que padecieron los terremotos. Este domingo se proponen juntar tantos alimentos como para demostrar que se puede concretar un país en el que nadie sufra hambre. Los músicos como siempre tocarán su mejor canción. La multitud de jóvenes bailará en el parque y se sentirán más generosos con su aporte. Y Juan habrá ayudado a parir otro milagro de dignidad. Bertolt Brech escribió algo que Silvio Rodríguez hizo muy popular: hay hombres que luchan un día y son buenos, hay otros que luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos pero están los que luchan toda la vida. Esos son los imprescindibles. Ese es Juan Carr. Un imprescindible.

por Alfredo Leuco